🖋️ La habilidad clave para el futuro será...
Dejame que te explique. Hay una escena que se repite cada vez más.
Personas inteligentes, con experiencia, con recorrido —líderes, profesionales, emprendedores— sentadas frente a una decisión importante, personal o profesional, que dicen algo así como: "No es que no tenga información. Es que no termino de pensar claro."
Y eso es revelador.
Porque información hay de sobra. Herramientas, modelos, diagnósticos, opiniones… también. Lo que empieza a escasear no es el saber, sino el criterio. Esa capacidad de discernir qué importa, qué es ruido, qué es mío y qué es presión externa.
Durante mucho tiempo creímos que pensar era algo que pasaba "en la cabeza" y que la escritura venía después: como registro, como comunicación o, en el mejor de los casos, como reflexión final. Hoy esa idea empieza a quedarse corta.
Cada vez resulta más evidente algo distinto: 👉 pensamos escribiendo. Y cuando no escribimos, muchas veces creemos que pensamos… pero en realidad solo reaccionamos. Giramos en círculos. Repetimos patrones. Confundimos movimiento con dirección.
La escritura como práctica (no como producto)
Escribir no es producir textos prolijos ni encontrar "las palabras justas". Es ordenar experiencia, nombrar tensiones, hacer visible lo que estaba implícito, asumir una posición frente a lo que vivimos, imaginar futuros posibles.
Cuando una persona se toma el tiempo de escribir con honestidad sobre:
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una decisión que la inquieta,
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un conflicto que se repite,
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un cambio que la descoloca,
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una etapa vital que ya no encaja,
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un propósito que se desdibuja,
- un futuro que quiere crear,
algo empieza a acomodarse. No mágicamente. Pero sí de una manera profunda y duradera. Porque escribir obliga a nombrar. Y nombrar obliga a elegir. Y elegir obliga a asumir.
La escritura funciona como una interfaz entre tres dimensiones que solemos tener separadas: lo que vivimos, lo que pensamos y lo que hacemos. Cuando esas tres cosas no dialogan, aparecen la confusión, el cansancio y la sensación de estar siempre corriendo detrás. Cuando sí dialogan —cuando la experiencia alimenta el pensamiento y el pensamiento guía la acción— algo cambia. La vida deja de ser algo que nos pasa y empieza a ser algo que habitamos.
Por eso, en procesos reales de liderazgo, coaching y transformación personal, escribir no es un complemento elegante. Es una práctica central. No porque sea bonito o porque suene bien. Sino porque funciona.
Un cambio silencioso: aparece un nuevo interlocutor
A este escenario se suma algo nuevo, que todavía estamos aprendiendo a entender: la inteligencia artificial.
Muchos la están usando para escribir más rápido. Otros, para producir más. Otros, para "resolver" lo que antes llevaba tiempo. Y hay algo de eso que es útil. Pero hay una posibilidad más interesante —y bastante menos explorada—: usar la escritura como forma de dialogar con la IA sin delegar el propio criterio.
Porque aquí está lo crucial: la calidad de ese diálogo no depende de la tecnología. Depende de cómo escribimos las preguntas.
Un prompt no es un comando. Es una hipótesis escrita. Un encuadre. Una forma de pararse frente a lo que no se sabe. Es, en realidad, un acto de pensamiento.
La IA no piensa por nosotros. Amplifica lo que llevamos al lenguaje. Si llevamos confusión, devuelve confusión bien redactada. Si llevamos claridad incipiente, la expande. Si llevamos preguntas honestas, nos obliga a pensar mejor. Si llevamos superficialidad, la profundiza pero dentro de ese mismo nivel.
Lo que significa que la IA, lejos de reemplazar la escritura como práctica de pensamiento, la vuelve más necesaria. Porque ahora el criterio no es solo nuestro. Es la conversación entre lo que escribimos y lo que la máquina devuelve. Y esa conversación es tan buena como sea nuestra capacidad de escribir lo que realmente queremos preguntar.
Entrenar una forma de escribir… y de vivir
Todo esto me viene llevando, de a poco, a una convicción fuerte.
No alcanza con aprender liderazgo por un lado, coaching por otro y narrativa por otro. Tampoco alcanza con sumar tecnología como si fuera una capa externa que se agrega cuando conviene.
Lo que hace falta es entrenar una práctica integradora. Una donde todo dialoga.
Una práctica donde:
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el liderazgo se ejercite escribiendo misiones, visiones del futuro, narrativas estrategicas y comerciales, decisiones y tensiones reales, no casos de estudio ajenos,
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el coaching se encarne en preguntas escritas que no esquivan lo incómodo, que van al fondo, que movilizan al coachee en el despliegue de su propio liderazgo volviéndonos verdaderos agentes de cambio,
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la narrativa ayude a releer el pasado, habitar el presente y ensayar el arrojo a futuros posibles mas amplios,
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la tecnología se vuelva interlocutora expasiva, no oráculo.
No para escribir mejores textos. Sino para pensar, visionar, decidir, persuadir y vivir con más lucidez en un mundo cada vez más complejo, más rápido y más ambiguo.
Porque la escritura, cuando se practica de verdad, no es un lujo de escritores. Es una herramienta de supervivencia intelectual y emocional. Es lo que nos permite no perdernos en el ruido.
Una invitación (sin consigna todavía)
Tal vez el desafío de esta época no sea adaptarnos más rápido. Tal vez sea aprender a escribir mejor las preguntas que valen la pena.
Seguir pensando y explorando este tema —con calma, con profundidad, sin apuro— es algo que voy a hacer en los próximos envíos.
Por ahora alcanza con algo simple: prestar atención a cómo y cuándo escribimos, y observar todo lo que empieza a cambiar cuando dejamos de escribir solo para producir… y empezamos a escribir para pensar en serio.
Porque cuando escribimos para pensar, no solo cambia lo que escribimos. Cambia lo que decidimos. Y cuando cambia lo que decidimos, cambia todo lo demás.
Si estas ideas te hacen sentido, quiero hacer un regalo: una guia simple para la acción que te permita comenzar a cultivar esta metahabilidad dundamental. la podés descargar aquí: Cultivando la metahabilidad fundamental de la escritura.
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