Durante veinte años enseñé esto a puertas cerradas
Hay una tradición que trabaja el lenguaje como práctica de transformación desde hace cuarenta años. Nunca fue pública. Vengo a sacarla de ahí.
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Hay un conjunto de distinciones sobre el lenguaje que aprendí hace más de veinte años y que me cambió la forma de trabajar y de vivir.
Las enseñé en salas de directorio, en programas cerrados, en empresas que pagaban por adelantado. Casi nunca en público.
No fue una decisión mía. Fue la forma que tomó la tradición entera.
Una disciplina que se quedó adentro
La hermenéutica pragmática, a veces más conocida como perspectiva ontológica, nació del trabajo seminal de Fernando Flores y prosperó acá cerca, en Chile y también en Argentina.
Su tesis es simple de enunciar y difícil de habitar: el lenguaje no describe el mundo, lo produce. Cuando pedís, prometés, declarás o afirmás, algo cambia de estado en la realidad y no solo en la conversación. Una promesa rota no es un malentendido: es una red de compromisos que se degrada. Un equipo no tiene problemas de comunicación, tiene una arquitectura conversacional que produce, semana a semana, exactamente los resultados que produce.
Eso se enseñó durante cuarenta años adentro de las organizaciones. Con seriedad, con método, con resultados.
Y mientras tanto, afuera, el carril público del liderazgo lo ocupaba otra cosa: la motivación genérica, el levantate a las cinco, el gurú de la mentalidad.
El costo de eso no lo pagó la tradición. Lo pagó el que buscaba.
Si alguna vez quisiste entender por qué tu equipo no se mueve, y lo que encontraste fue una charla sobre actitud, esa es la factura. No te faltó voluntad. Te faltó acceso a un cuerpo de distinciones que existía, que funcionaba, y que estaba detrás de una puerta con precio de entrada corporativo.
Por qué recién ahora
Durante mucho tiempo, decir que el lenguaje es acción sonaba a filosofía para gerentes. Una idea elegante que costaba aterrizar en un martes cualquiera.
Hoy es literal.
Escribís una instrucción en una caja de texto y algo ocurre. Un pedido mal formulado ya no se disuelve en la ambigüedad amable de una reunión, donde alguien completa lo que quisiste decir y te salva el pellejo. Vuelve en treinta segundos, ejecutado al pie de la letra, con la forma exacta de tu confusión.
Esa es la novedad, y no es menor: la precisión del pedido dejó de ser un refinamiento de consultor y pasó a ser una competencia con consecuencias visibles todos los días. Qué estás pidiendo realmente. Cuáles son las condiciones de satisfacción. Qué estás afirmando y qué estás juzgando sin darte cuenta.
Una tradición que trabajó eso durante cuarenta años se volvió, de golpe, la cosa más práctica del mundo.
Y al mismo tiempo quedó en evidencia que sola no alcanza.
Lo que le fui sumando
Porque la precisión en el lenguaje, sin nada más, produce operadores hábiles. Gente que sabe pedir, prometer, declarar y quedar bien parada. La técnica funciona igual al servicio del cuidado que al servicio del ego.
Por eso, para mí, esa tradición nunca vino sola. Mis maestros también fueron Claudio Naranjo, Tsoknyi Rimpoché y Gerardo Abboud, entre otros. Me gusta decir que esas disciplinas son prácticas para domar el ego y la mente, y también son prácticas de transformación donde la forma en que nos movemos en el lenguaje es central.
La cuenta se cierra sola: lenguaje sin conciencia produce alguien muy eficaz que no sabe para qué. Conciencia sin lenguaje produce una serenidad privada que no cambia una organización.
Y hay un tercer hilo, que articulé de manera más explícita hace poco aunque ya estaba: el carácter narrativo de nuestra identidad, y el lugar que ahí tienen la práctica de narrar y la de escribir. Es lo que hace que las otras dos no queden como técnicas sueltas, sino como algo que le pasa a una vida.
El riesgo de sacarla al aire libre
Hay una razón menos noble por la que todo esto estuvo guardado tanto tiempo, y prefiero decirla.
La tradición produjo su propia forma de claudicación. Gente que aprendió el vocabulario. Que dice quiebre, que dice estados de ánimo, que distingue afirmaciones de juicios en una reunión, y el lunes hace exactamente lo mismo que hacía antes. El saber convertido en pertenencia. Eso es intelectualismo, y es la versión elegante de no moverse.
Un espacio público multiplica ese riesgo. Un feed premia el vocabulario y castiga la práctica: es más fácil compartir una distinción que sostener una conversación difícil el jueves a las cuatro de la tarde.
Así que el traslado no es gratis, y no tengo garantías de que salga bien.
Lo que sí sé es que quedarse adentro tampoco la conservó. La dejó intacta y sin nadie.
Cuarenta años de una disciplina seria sobre cómo el lenguaje construye realidad, en el momento exacto de la historia en que el lenguaje se volvió la interfaz con la que trabajamos, y la conversación pública sobre liderazgo sigue siendo un señor diciéndote que te levantes temprano.
Hay algo ahí que no cierra.
Y la pregunta que me queda abierta, y que todavía no tengo resuelta, es: de quién es una tradición cuando deja de estar guardada.
Todo esto lo escribí largo. No la versión corta que entra en un mail, sino el texto entero: de dónde viene, contra qué va, y qué queda para entrenar cuando lo que se automatizó ya no vuelve.
Si querés conversarlo con otros que están en la misma, la Comunidad de Líderes Despiertos es gratuita.
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