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Las armaduras del yo

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Tsoknyi Rimpoche

Hoy quiero compartir con ustedes una enseñanza de mi querido maestro, el monje del Budismo Tibetano, Tsoknyi Rimpoche. Con su habitual amorosidad y buen humor, nos cuenta acerca de las distintas armaduras del yo y de cómo mantener la claridad, la apertura y el amor esenciales.

Para el budismo, los fenómenos en que percibimos en nuestra vida cotidiana son ilusorios. Entre las percepciones ilusorias se incluye la percepción que tenemos sobre nosotros mismos, lo que se suele denominar yo. Generamos capas de interpretaciones que se vuelven ideas rígidas acerca de quienes somos y nos desconectan de la claridad, la apertura y el amor esenciales. En nuestra vida cotidiana nos movemos en una sucesión de fenómenos, con los que nos identificamos. Los fenómenos van y vienen, aparecen, desaparecen, reaparecen y se desvanecen. Una buena analogía es la de ver una película. Somos tomados por la historia, la disfrutamos y la sufrimos, pero en el fondo de nuestra conciencia sabemos que es una película. Aunque muchas veces perdemos totalmente esta conciencia. Algo parecido ocurre con la idea de nuestro yo. A mi me gusta hablar de armaduras del yo. Son armaduras que construimos y nos separan de la pura experiencia.

Tsoknyi distingue cuatro expresiones del yo que veremos a continuación:

  • El mero yo: vivimos con un cuerpo que además de una forma física nos da la posibilidad de experimentar sensaciones, sentimientos y la capacidad de discernir. En el nivel del mero yo experimentamos sensaciones, emociones y distinciones de manera muy liviana. Nos dejamos llevar suavemente por los acontecimientos de la película, somos la película. Esta condición deja bastante espacio para la conexión con el amor esencial y la apertura.
  • El yo sólido: al crecer comenzamos a establecer distinciones que vivimos como sólidas, verdaderas y reales. El mundo se divide en sujetos y objetos, en lo bueno y lo malo. Las cosas que queremos y las que no queremos. Comenzamos a valorar, y a vivir esas valoraciones como hechos. Se produce una cosificación del yo. Nos definimos en términos de ganadores y perdedores y de tener o no tener. Nuestra apertura, claridad y amor se vuelve condicional, limitado por estas armaduras del yo.
  • El yo adictivo (o precioso): Vernos como un yo sólido constituye la base para una tercera capa de identificación, otra de las armaduras del yo, que llamamos el yo precioso o adictivo y que inhibe el desarrollo de nuestro potencial. Al hacer foco en nosotros y ponernos por encima de los demás nuestro yo se nos vuelve precioso. Nuestro yo comienza a ser el canal principal a través del cual modulamos nuestras sentimientos, pensamientos y acciones. Esta sensación de separación nos mueve en dos sentidos contradictorios. Primero nos urge a sostener y defender las ideas que tenemos acerca de nuestro yo, aún cuando son dañinas para nosotros mismos u otros. Esto se refiere en un sentido profundo a sostener una idea de nosotros aún mucho después de que haya dejado de ser necesaria o útil. A medida que estas imágenes sólidas de nosotros y los otros evolucionan, se desarrolla una profundo sentido de soledad e incompletitud. En un sentido sabemos que hemos perdido una conexión esencial con nuestro corazón y cono el de los otros seres. No importa lo incómoda que sea una idea sobre nosotros mismos, con el tiempo se vuelve familiar y luego aceptable y nos contentamos con ella. Esta situación de “familiaridad contentada” se hace obvia en personas con adicciones a alcohol o drogas (¨yo soy así¨). Un segundo aspecto del yo precioso es que se desarrolla la voluntad de buscar el logro o la confirmación de ese yo en algo o alguien fuera de nosotros. De manera de ayudarnos a preservar un sentido de estabilidad. Por eso también lo llamamos yo adictivo, necesitamos sostener esa idea para sostener nuestra estabilidad. Esto se ve con claridad en las relaciones, nos ilusionamos con encontrar a alguien que nos haga vernos como sólidos y completos, cuando esa ilusión desaparece la rueda comienza de nuevo buscando algo o alguien más que nos devuelva ese sentimiento de completitud y solidez.
  • El yo social:  Una forma en la que buscamos confirmación y seguridad es con una cuarta capa de identificación, la que nos dan los ojos de otras personas. Esta capa de nuestro yo la generamos al relacionarnos con otras personas. En mi perspectiva del desarrollo del liderazgo yo digo que nuestra identidad pública se relaciona con nuestros roles sociales. Osea, con las posibilidades que los demás ven en nosotros.

El ego ha tenido muy mala prensa en los últimos años, sin embargo lo desarrollamos para lidiar con las circunstancias de nuestra vida. Ha habido una comprensión inadecuada del budismo, que dice que deberíamos extinguir el ego. Como sí pudiéramos extinguir nuestro pie o nuestra mano. Lo que Buda enseño es no dar nuestro yo por sentado. Pero el yo es muy útil en muchos momentos. Un líder, un doctor, un maestro, usa su yo social, por ejemplo, para cultivar un acercamiento más abierto y compasivo por la vida. Muchos de estos héroes usan su yo social, su yo sólido y aún su yo precioso para alcanzar sus propósitos, pero no son usados por estos. Fuera del alcance de la mirada de la sociedad, muchos de estos héroes dejan caer sus identidades públicas, sus historias y hasta sus sentimientos de solidez y descansan gentil y graciosamente en la apertura, la calidez y la fluidez de su mero yo. Las armaduras del yo se vuelven entonces las indumentarias adecuadas para movernos en el mundo, pero ya no nos tienen atrapados.

Lo que Buda nos propone es aprender a descansar en el mero yo aún cuando nos desplegamos en los otro yoes, de manera de mantener la calidez y apertura aún cuando, por ejemplo, nos enfrentamos a alguien que discrepa con nosotros.

Tsoknyi nos advierte: los distintos yoes son como la comida, la necesitamos, pero nos deja residuos dañinos, por lo que tenemos que lavarnos los dientes. Claro que, a veces lleva tiempo distinguir los residuos de lo útil.

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